domingo, 26 de septiembre de 2010


La rutina del sábado muerto caminaba por mi habitación. Apague la televisión y llore tu ausencia, otra vez.

Quise ser una mujer. Sólo para que tu pudieras tocarme.

Busque unas medias negras que cubrieran las imperfecciones de mis piernas y me las puse pensando en la forma en que tú me las quitarías. Como cuando era niña, me escurrí en el ropero de mi mamá y busque un par de zapatos negros, con un tacón que en público jamás me atrevería a usar. Después me puse la falda que me devolvía un poco de la feminidad perdida y que sólo por ti estaba dispuesta a recuperar.

El calor de la tarde se metió en mi cuerpo y no tuve más remedio que caer en mi cama. En mi cama vacía.

Soñé con el día en que vendrías a mi casa. Jugaríamos con los gatos. Me sentaría en el borde de la cordura mientras deslizabas tu mano por mi cuello. Me besarías en los ojos. Me quitarías la falda, las mallas y los zapatos. Te pondrías mi piel y yo tus órganos. Me convertiría en hombre y tú en mujer.


La noche llego, con un paso lento , anunciando una catástrofe. El sufrimiento corto el lazo del destino que unía nuestros meñiques.

Las medias se rompieron. La falda está guardada. Yo, me disolví en la bañera y no me encuentro.




viernes, 3 de septiembre de 2010

La venganza de Basil

Pintura de Jenny Larson




[...] La luna escapa de mi habitación. Los tapizes ocres se desprenden de las paredes. Puedo sentir tus cabellos en mi pecho desnudo, puedo oler el aroma de jazmín emanando de tu cuello. Siento la suavidad de tu espalda llena de pecas. Eres la máxima expresión de la estética, tu belleza me intoxica y me enferma. ¿Cuándo tendré la capacidad de capturar lo sublime de tu figura en un lienzo? ¿Cómo hare para encontrar el tono perfecto para entintar tus ojos rojizos en el retrato? Quisiera trasladar el extasis que experimentaron mis papilas gustativas al recorrer los senderos humedos de tu cuerpo. ¡Bella ninfa desgraciada! ¿Cómo hago para sacar tu imagen de mi cabeza?



Mientras tu duermes entre las sábanas corrientes de mi cama, me levanto y observo la huida de la luna. En el ventanal miro con atención el reflejo del retrato que no he podido terminar. Ahí, en un bote oxidado están mis pinceles más caros. Los óleos descansan impacientes junto a ellos. Las espatulas gritan una proposición indecorosa, y las cuencas oculares vacías del retrato me miran llorosos. Me exigen un alma, me provocan lo suficiente para que vuelva la mirada hacia la cama, en done tus manos se aferran a la almohada vieja. Los rizos rojos resbalan por tus hombros, tu cálido aliento deja un olor a manzana en el aire.

De pronto, una revelación. Una epifanían. Una locura.



Sólo debo tomar la espatula más fina, unos cuantos movimientos violentos y el precioso líquido comienza a manar. Mis manos se regocijan al sentir el espeso tinte, te remueves en la cama y sello tus labios con un beso. Un pequeño gemido escapa de tu garganta.



Entre mis manos corre la pintura, el alma de los ojos del retrato. El rostro sin vida me sonríe y por fin termino de pintar el rostro. Pude lograr un tono tan rojizo como el de tus ojos venenosos. La belleza del arte ha derrotado cualquier designio moral, este retrato es mi obra maestra. Es la encarnación de mi pasión y nadie puede señalarme con el dedo. No soy un criminal. Soy un artista, mi bella y precioso ninfa cadaverica. Al fin, he terminado el cuadro.